DISCERNIMIENTO DE ESPIRITUS

ELEMENTOS DE DISCERNIMIENTO CRISTIANO

«La guarda del corazón, el examen de si mismo y el discernimiento, son

las tres virtudes que guían al alma»

(Sentencia de los Padres del desierto)

INTRODUCCION

El discernimiento de espíritus o discernimiento es un aspecto de la espiritualidad

cristiana que busca guiar al creyente en el camino de la vida, para descubrir cuál es la

voluntad de Dios frente a un momento o situación determinado, y guiar sus decisiones

para que ellas sean acordes con la voluntad de Dios que se ha descubierto.

El discernimiento es una ciencia que se aprende y cuyo desarrollo requiere un

esfuerzo constante, acompañamiento y disciplina eficaz. Discernir es distinguir, separar

para elegir entre distintas opciones y optar por la más adecuada. Discernir es un ejercicio

constante que se va perfeccionando con el tiempo. Mientras más se discierne, se discierne

mejor.

El discernimiento es un viaje al interior de nosotros mismos. Busca despertar

nuestra conciencia más profunda e iluminar con ella lo exterior de nuestra vida. A su vez,

nuestras actitudes, actividades, compromisos y opciones, nos acercan a un mayor

conocimiento de nuestro interior. Exterior e interior son dos reflejos de la misma realidad

personal, que se determinan e influyen mutuamente, por lo que es vital no desvalorizar

ninguno durante el discernimiento. Una mirada exteriorizante puede convertir nuestra

reflexión solamente en un análisis social o de situaciones, sin verdadera profundidad. Una

mirada interiorizante puede transformarse en un intimismo sin ninguna consecuencia real

en nuestra vida y la de nuestro entorno, en un conjunto de ideas autojustificantes o en una

visión errada de nosotros mismos.

Los elementos que ahora señalamos han sido elaborados principalmente a partir

de la experiencia de los Padres y Madres del Desierto, que en el siglo III d.c.

abandonaron las ciudades y se internaron en los desiertos de Egipto y Siria, para vivir una

vida contemplativa. La constante meditación, su propia experiencia de lucha y

crecimiento, los hicieron descubrir claves importantes para “discernir los espíritus”, es

decir, descubrir las motivaciones profundas de nuestros actos y elegir adecuadamente el

camino a tomar.

Luego de los Padres del Desierto, la reflexión cristiana siguió profundizando

aquellas pautas para la reflexión personal y comunitaria, naciendo a lo largo de los siglos

diversas escuelas y maestros que adquirían la capacidad de ayudar a discernir luego de un

proceso largo de vida y reflexión personal. Los Padres no elaboraron un sistema completo

de discernimiento, sino que vivieron y experimentaron, y esa experiencia se transmitió a

sus discípulos y así hasta nosotros, además muy pocos escribieron. Y es por ello que la

experiencia inicial de los Padres la hemos acompañado en este texto de elementos

posteriores que han enriquecido la reflexión sobre el tema.

1. ¿QUÉ ES EL DISCERNIMIENTO?

a. Es una forma de mirar la vida…

La vida para quien discierne se transforma en una carta para ser leída, donde cada

hecho, cada encuentro, cada persona y situación, guardan un mensaje y un sentido. Nada

es casual ni fruto del destino o de la suerte, nada tampoco es inútil o innecesario, sino que

hasta los errores cometidos son parte del camino de crecimiento. Es en la historia, tanto

personal como colectiva, donde Dios se revela y muestra su presencia, su acción y su

voluntad, a través de hechos, palabras o signos que nos permiten descubrirla, si miramos

la realidad con un ojo atento.

b. Debe ser un proceso continuo…

Para aprender a correr hay primero que saber caminar. Para caminar, primero fue

necesario gatear. Así, el discernimiento es un proceso de crecimiento continuo. No es

magia ni ilusión, no es automático ni espontáneo, sino búsqueda sincera de mayor

claridad, de nuevos elementos, de mayor conocimiento personal y comprensión de los

demás. Es un camino que requiere paciencia y esfuerzo, dedicación y estudio, y sobre

todo, aprender a ver y escuchar, a verse y escucharse.

c. Es una búsqueda interior…

En el centro de nuestras decisiones, problemas y preguntas estamos nosotros

mismos. En el corazón de cada uno de nosotros se encuentra la línea que divide lo bueno

de lo malo, la luz de la sombra, las grandes realizaciones y los pequeños actos, los ideales

más nobles y las peores miserias, en fin, toda la realidad del mundo se da en cada hombre

y cada mujer. Es por ello que el discernimiento busca el conocimiento interior, el

descubrir las propias motivaciones, los intereses ocultos, lo oscuro y lo luminoso de

nosotros mismos. Las respuestas a nuestros dilemas están ahí, dentro nuestro, sólo es

necesario aprender a ver para descubrirlas y liberarlas de todo lo que las oculta y

entorpece.

d. Es un camino de liberación…

El proceso de discernimiento es un camino de liberación. El conocimiento

personal y la mayor conciencia de nosotros mismos buscan liberarnos de aquellas

esclavitudes que nos impiden crecer y enturbian nuestras buenas intenciones. No se trata

sólo de analizar, sino de adquirir las herramientas que nos permitan ser más libres, más

auténticos, más concientes y, por lo mismo, es necesario estar dispuestos a recibir y

tomar todas las ayudas necesarias para poder crecer en este camino.

e. Es un camino comunitario…

El camino del discernimiento no se recorre solo. Es necesario el caminar con

otros, el buscar juntos la verdad sobre nosotros mismos. Este discernir comunitario puede

tomar diversas formas: un amigo o amiga, un acompañante, un grupo de discernimiento,

una comunidad, etc. A su vez, se busca también una mayor claridad con respecto a los

demás, un conocimiento más profundo de los que nos rodean. El comprender mejor

nuestras inclinaciones, permitirá conocer mejor y diferenciar las inclinaciones de los

demás y las propias, permitiendo una mejor comprensión del entorno y de nosotros

mismos.

2. DISPOSICIONES NECESARIAS

Para discernir correctamente se hace necesario tener y cultivar algunas

disposiciones, sin las cuales no es posible realizar un discernimiento adecuado. Estas

disposiciones nos permitirán abrir la mente y el corazón para comprender la realidad y las

opciones a elegir.

a. La Recta Intención.

Se trata de tener verdaderamente el deseo de elegir lo que sea mejor o más

apropiado, según la opción de vida que se haya tomado. Es buscar sinceramente el bien

mayor y no lo que sea más cómodo o menos exigente. Desde la perspectiva creyente, es

buscar sinceramente la voluntad de Dios, con libertad de espíritu, dispuesto a cambiar de

mentalidad y de actitudes si tal es la voluntad de Dios, en búsqueda de una fidelidad cada

vez mayor en el seguimiento de Jesús.

En la búsqueda de la recta intención es importante señalar que nunca los actos

humanos tienen una sola intención, sino que son múltiples, desde las más nobles a las

más bajas, entremezclando muchas veces lo mejor y lo peor de nosotros. Por eso, para

lograr una intención recta, es necesario purificar nuestra intención, es decir, tomar

conciencia de esas múltiples motivaciones y poder así actuar con mayor libertad frente a

los caminos a tomar.

b. El silencio interior.

No es posible escuchar a alguien en medio del ruido. Así también, no se puede

escuchar el propio corazón sin un poco de silencio y quietud. Se trata de hacer un alto y

hacer silencio, de darse tiempo para meditar en la soledad y la quietud, para revisar la

propia vida y cómo la estamos viviendo, con sinceridad de corazón, y dentro de esta

reflexión, mirar las opciones que se quiere revisar.

El silencio externo es un espacio necesario para encontrar el silencio interior, es

decir, para despejar la mente de preocupaciones y distracciones y centrarla poco a poco

en nuestra reflexión. Ello requiere concentración, calma, paciencia y ternura, para

descubrir el “ruido interior” que existe dentro nuestro y que no captamos en medio de

nuestras actividades. Reconocer el ruido interior es el primer paso para acallarlo y

reflexionar serenamente.

Se trata de ponerse a la escucha. Primero, escuchar todo el ruido que llevamos

dentro, todas esas “palabras” pendientes que no hemos oído y prestarles atención,

buscando su origen y su finalidad, para así hacer el espacio de silencio necesario para oír

con mayor claridad la voz de Dios que nos habla en el corazón, con la menor distorsión posible.

c. El tiempo oportuno.

Para discernir correctamente, es necesario hacerlo con clama y en forma

responsable. Darse un tiempo oportuno para discernir y llegar a una decisión, evitando el

actuar impulsivamente y sin tener decisiones ya tomadas antes de empezar el

discernimiento. También es importante establecer plazos para que el discernimiento no se

prolongue eternamente. Muchas veces las crisis se desatan por discernimientos no

realizados en el momento oportuno y que se han ido acumulando con el tiempo, por

distracción o falta de atención. Una mirada atenta a lo que ocurre (y a lo que me pasa con

lo que ocurre) permitirá conocerse y comprender con oportunidad el camino que estamos

realizando.

d. La apertura.

Es necesario discernir libremente, sin aferrarse a ideas personales o intereses

mezquinos. Discernir sin protegerse ni sentirse atacado, sin miedo al conflicto y a

descubrir las zonas oscuras de uno mismo, los errores o las dudas. Es partir asumiendo

que se puede estar equivocado, es tener la disposición a cambiar lo que se piensa, lo que

se hace y lo que se proyecta, a la luz del discernimiento. Apertura también a asumir

responsablemente las consecuencias de las conclusiones a las que se llegue. Apertura al

Espíritu de Dios que quiere soplar en nosotros y guiarnos en el camino, pero que para ello

necesita de nuestra colaboración y de nuestra libre voluntad.

e. La confianza.

El miedo paraliza y bloquea la capacidad de reaccionar. Es necesaria una actitud

de confianza que permita afrontar el discernimiento sin temores. Creer que se tiene la

capacidad de elegir correctamente y de asumir las consecuencias de las decisiones que se

toman, aunque parezcan pesadas o difíciles. Será la certeza de que es posible encontrar

una solución y el tener la disponibilidad de esforzarnos y abandonar la comodidad de

nuestras ideas seguras, lo que permitirá un discernimiento realmente eficaz.

f. Acompañamiento.

El discernimiento no se puede realizar en solitario. Si bien la decisión es siempre

personal y no puede traspasarse a otro el decidir, el proceso de discernimiento se hace en

compañía de otros. Es importante confiar el propio discernir a personas sabias y

prudentes, que merezcan nuestra confianza y tengan cierta experiencia en el discernir. Es

importante que esos acompañantes sean referentes importantes en la vida de cada uno, no

sólo amigos, sino gente que nos inspire confianza y autoridad, por ejemplo, los padres, un

amigo o amiga íntimos, un líder religioso, un profesor, etc.

g. Discernimiento fraterno.

Las consecuencias de nuestras decisiones siempre afectan a nuestro entorno,

positiva o negativamente. Es por ello que es necesario que en el discernimiento personal

también tengan un papel importante los compañeros de camino, aquellos con los que se

vive diariamente, los que nos acompañan en la opción de vida elegida, el pueblo, los

pobres, en definitiva, los que conforman nuestro referente social. Es en la relación con

esos referentes donde se viven nuestras opciones y es por ello que su palabra debe ser

oída. Un discernimiento en la soledad absoluta está inevitablemente destinado a errar. En

cambio, un discernimiento abierto a los que caminan con nosotros es más seguro y

verdadero.

Desde la mirada cristiana, un referente fundamental es la comunidad de los

creyentes, la Iglesia, que congrega a los discípulos de Jesús y nos ofrece los instrumentos

de la gracia para alcanzar la plenitud y la felicidad. Será la apertura a la comunidad

cristiana y la fidelidad a su vida y mensaje uno de los signos más claros de la presencia

de estas disposiciones en el discernimiento.

Estos elementos permiten realizar un discernimiento correctamente y elegir las

opciones adecuadas, según nuestra vida y las opciones que hacemos. Ellos deben estar

presentes durante todo el proceso de discernimiento y no sólo al comienzo, ya que es

posible que se desvirtúen las buenas intenciones primeras al enfrentar las preguntas y

dudas que el discernimiento va abriendo. La revisión de la presencia de estas

disposiciones previas debe ser constante.

3. LOS MOVIMIENTOS DEL CORAZON

Los movimientos del corazón son lo que en el fondo queremos conocer. Se trata

de inclinaciones que nos motivan a realizar o dejar de realizar una acción, pensamientos o

deseos que van guiando nuestro actuar, a veces inconscientemente. Los Padres los

llamaban espíritus o pasiones y son lo que queremos observar.

Hemos llamado a estos movimientos “del corazón”, porque tienen que ver más

con la interioridad de cada uno que con los hechos externos, y es por ello importante

vivirlos con claridad y sentido. El corazón es, en la tradición bíblica y cristiana, el lugar

donde residen el entendimiento y la voluntad, los criterios, las actitudes, la mentalidad de

cada uno de nosotros; a diferencia de la actualidad donde se suele considerar al corazón

como el lugar de los sentimientos y emociones. Por eso, cuando hablamos de

movimientos del corazón, hablamos de todo aquello que guía nuestros actos, que nos

lleva a elegir o actuar de una manera u otra, es decir, hablamos de nuestras motivaciones,

intenciones y criterios, de nuestra manera de ver las cosas, de nuestra voluntad.

Según los Padres y la tradición cristiana posterior, estos movimientos o

inclinaciones pueden tener tres orígenes distintos, lo que nos permite reconocerlos y

valorarlos adecuadamente. Al respecto, dice san Amonas: “Hay tres voluntades que

acompañan constantemente al hombre, (..) Una es aquella sugerida por el Enemigo; la

otra, es la que brota en el corazón del hombre; y la tercera es la que siembra Dios en el

hombre”1. Es decir, hay movimientos que son propios de la naturaleza humana, que

vienen de los hábitos adquiridos, experiencias de vida o de la propia personalidad; y hay

otros que parecen venir desde fuera, frente a los cuales nos sentimos como llamados,

obligados o solicitados por este movimiento a actuar de una manera u otra. En este caso,

los padres se referían a ellos como “espíritus” y los dividían atribuyéndolos a los

demonios o a Dios, según su verdad o falsedad, o su bondad o maldad.

Hoy se prefiere hablar, sobre todo después de la síntesis de Ignacio de Loyola en

sus Ejercicios Espirituales, de “buen” y “mal” espíritu, para evitar las posibles

confusiones o exageraciones a que puede dar lugar la atribución directa de un

movimiento a seres espirituales. Aún siendo esto positivo, creo que no es bueno olvidar

del todo la terminología de los Padres, dado que la actuación de los seres espirituales es

doctrina Tradicional en la Iglesia y que esta actuación se da en grados diversos.

Comúnmente los espíritus actúan sugiriendo o incitando alguna inclinación natural de la

persona, la que en el caso de los demonios es llamada “tentación” y en el caso de Dios

“vocación o inspiración”2.

a. Desde la propia naturaleza.

La primera fuente de estos movimientos, sobre los que actúan los otros dos, son

los que surgen de la propia naturaleza humana. Se trata de aquellas inclinaciones que

buscan conseguir la satisfacción de un deseo, de una necesidad, o por hábito o costumbre.

En estas inclinaciones influyen las experiencias de vida, la cultura, los contextos sociales

y todos aquellos elementos que constituyen nuestra situación vital. Estas inclinaciones se

producen generalmente de manera espontánea y no siempre se es conciente de su acción.

1 San Amonas, . Carta XI.-

2 Con respecto a la inspiración es importante no confundir con la inspiración bíblica, sino tomarla en

sentido de una acción de Dios que busca provocar al creyente para que realice o deje de realizar una acción.

Las características que la inspiración bíblica da al texto sagrado (inerrancia, verdad, santidad) no se dan en

la inspiración personal, ya que su eficacia depende de que la voluntad y la naturaleza sigan la acción Divina.

Es lo que la tradición llama “concupiscencia” que es un deseo que busca los bienes para

la realización de la propia naturaleza. Originalmente esta potencia o inclinación tendía

naturalmente hacia Dios, el sumo bien, pero en el estado actual luego del pecado se

encuentra desordenada y puede extraviarse en los bienes materiales, desintegrando y

dividiendo a la persona de su centro y finalidad en Dios.

Los movimientos de la naturaleza pueden inclinar al corazón hacia el bien o el

mal. Hacia el bien, siguiendo su propia naturaleza original, o hacia el mal, confundida o

extraviada por el pecado. Los otros dos movimientos actúan sobre los de la naturaleza,

sea fomentándolos o dificultándolos, según sea el caso. Es por ello que el discernimiento

se centra más bien en distinguir los movimientos que provienen de Dios o los demonios,

ya que ambos actúan sobre los movimientos del corazón que se originan en la propia

naturaleza.

b. Desde los demonios (o mal espíritu).

Etimológicamente, “demonio” significa lo que divide, lo que separa, lo que

desintegra. Así, los movimientos que proceden de los demonios son aquellos que

desintegran y dividen a la persona, haciéndola menos plena y menos realizada. La

identificación del mal espíritu se da por experiencia, sea propia o de un maestro

espiritual, la que permite reconocerla y alejarla si se actúan con discernimiento y

voluntad.

Los principales signos para reconocer los movimientos demonizadores, pueden

ser:

• Los frutos que provoca. Es el gran criterio ya señalado por Jesús: “el árbol se

reconoce por su fruto” (Mt. 7,20). Si los efectos de consentir este movimiento

(inclinar el corazón hacia lo que nos sugiere) son negativos, desintegrados,

limitantes, entonces es un movimiento del mal espiritu.

• Trabaja en lo secreto. Es propio del mal espíritu el ocultar su acción, es decir,

tiende a hacerse más fuerte en la medida en que los temores, dudas o dificultades

que provoca no se ponen al descubierto mediante el acompañamiento o la vida

comunitaria (EE, 326)3.

• Ataca siempre el lado más débil. Fomentando vicios ya adquiridos o recordando

dolores o carencias que puedan entristecer el corazón o dificultar el camino

espiritual (EE, 327).

• Aumenta su fuerza cuando la persona cede. Cuando se presta oído a este

espíritu tiende a ser cada vez más difícil abandonar aquella acción que ha

sugerido y a la que se ha comenzado a ceder. Y al contrario, su fuerza disminuye

cuando la persona actúa “agere contra”, es decir, actuando en contra de lo que el

espíritu sugiere (EE, 325).

Para enfrentar y superar el mal espíritu, los Padres y maestros sugieren:

• Perseverar en la oración y la meditación. La constante meditación y oración,

aún en la turbación provocada por una tentación, son un arma eficaz para evitar la

acción del mal espíritu y sus consecuencias. El recurso a la Sagrada Escritura y

los sacramentos es una recomendación constante en la práctica y doctrina de los

Padres.

• Identificar el demonio. Los Padres identificaron, quizá de manera un poco

exagerada, cada demonio detrás de cada vicio o tentación. Independiente de lo

anacrónico que pueda ser eso para nosotros, conserva una intuición importante:

identificar la tentación o el movimiento que estoy viviendo permite reconocerlo y

saber actuar frente a él. Poner un nombre, la palabra que más se adecue a la

situación es ya una manera de reconocer y dejar al descubierto al que actúa

secretamente.

• Realizar acciones que tiendan al bien. Ya lo decía san Agustín. “haz siempre

algo bueno para que el diablo te encuentre ocupado”. Es el momento de

ociosidad el lugar propicio para caer en la tentación, perseverar en el trabajo y el

servicio puede ayudar a enfrentar la tentación con mayor fuerza.

c. Desde Dios (o buen espíritu).

Los movimientos del corazón que tienen su origen en Dios también actúan sobre

los movimientos propios de la naturaleza humana, sea favoreciéndolos cuando se inclinan

al bien o previniendo si se inclinan al mal. Es el principio de “la gracia supone la

naturaleza”, es decir, actúa sobre la naturaleza y la eleva, nunca en contra de ella. Por eso

mismo, la acción del buen espíritu busca integrar a la persona y sugiere cosas que la

hacen más plena y más libre. Los principales signos de los movimientos que se originan

en la acción de Dios son:

• La presencia de los frutos del Espíritu. “caridad, alegría y paz, paciencia,

comprensión de los demás, bondad y fidelidad, mansedumbre y dominio de si”

(Gal.5, 22). Los movimientos inspirados por el buen espíritu provocan en nosotros

los frutos del Espíritu santo.

• Provoca humildad y discreción. Es decir, una mirada justa y equilibrada sobre sí

mismo, sobre los demás y sobre las situaciones que toca vivir.

• Actúa sin ocultamiento. Busca mostrar y revelar a los demás los frutos de su

acción, ya que su acción busca la edificación de todos los creyentes y no sólo de

aquel que la recibe.

• Fortalece y da perseverancia. El buen espíritu fortalece nuestras debilidades y

nos da ánimo y perseverancia para continuar en el camino elegido y crecer en

bondad y fidelidad.

• Confirma en la comunión de la fe. Actúa según la fe recibida por la Iglesia y

fortalece la comunión con los demás creyentes.

Para aprovechar la acción del buen espíritu los Padres y maestros sugieren:

• Mostrar los frutos y ocultar los dones. Evitar el mostrar a los demás los dones

recibidos o vanagloriarse de ellos, sino que poner toda la atención en que sean los

frutos de la acción del buen espíritu los que se manifiesten a favor de los demás.

• Actitud de humildad y gratitud. Agradecer a Dios por lo dones recibidos y

reconocer que no los ha dado por algún merecimiento particular nuestro, sino por

su sola gratuidad.

• Cultivar la gracia recibida. Mediante la dedicación y el estudio, la oración y un

vida que favorezca la acción del buen espíritu en nosotros y en los demás.

4. LOS TIEMPOS DEL CORAZÓN

La vida es un camino. Comúnmente tiende a representarse ese camino como una

línea recta del inicio al final. Esto sucede de forma más común con los grandes

personajes, cuya vida se muestra como un todo continuo, donde cada hecho está

ordenado exactamente hacia el fin de su vida, sin tropiezos ni retrocesos. La realidad es

siempre más compleja. La vida se va tejiendo a través de una mezcla de hechos y

situaciones, donde se mezclan aciertos y errores, inconsecuencias y grandes proezas,

búsquedas inciertas y profundas certezas. Todo ello forma la riqueza de la vida, que no es

otra cosa que una constante búsqueda.

Se distinguen en el discernimiento tres tiempos principales en el camino de la

vida, cada uno con sus características específicas, cada uno dispuesto como una

oportunidad para crecer y aprender. El reconocer estos tiempos y vivirlos adecuadamente,

permiten comprender mejor nuestro mundo interior y vivir con más claridad la vida, las

relaciones con los demás, y las grandes opciones que marcan nuestro camino. Los

movimientos antes señalados se pueden producir en cualquiera de estos tiempos, por lo

que es importante prestar atención al momento en que se está para saber reconocerlos y

actuar adecuadamente.

a. Los tiempos de luz.

También llamado estado de consolación. Se reconoce este tiempo por el

optimismo con el que enfrentamos la vida, todo parece posible, nos sentimos bien con

nosotros mismos, el futuro se ve luminoso y esperanzador. El origen de esta sensación

puede ser diverso, producto de hechos reales o proyectados, pero aquello no es lo

importante. Un hecho, una conversación, una persona, pueden gatillar en nosotros la

esperanza y hacernos lanzar a la vida con la frente en alto, dispuestos a todos los desafíos,

sintiéndonos capaces de todo. Son tiempos privilegiados para alentarnos y fortalecernos

en el camino de la gracia y en los compromisos y opciones que hemos tomado.

Para aprovechar estos tiempos como ocasión de crecimiento, es recomendable:

• Reconocerlos como don gratuitamente ofrecido. Es decir, que no depende de

nuestro esfuerzo o de nuestros logros, sino que es un consuelo ofrecido por amor

y gratuitamente.

• Recordar que no son permanentes. Olvidar esto puede llevar a un estado de

tristeza y abatimiento una vez terminado el momento de luz.

• Perseverar en las acciones realizadas hasta el momento. Por muy bien que se

esté no se debe dejar de lado la oración o la atención al corazón porque se crea

innecesaria. Se puede agregar a lo que siempre se hace, pero no disminuirlo.

• No asumir compromisos u opciones que luego no se puedan sostener.

b. Los tiempos de oscuridad.

El tiempo de oscuridad es el otro extremo de la cuerda. Se le llama también estado

de desolación, acedia, apatía. Un fracaso, una decepción, un hecho doloroso, pueden

llevarnos a la oscuridad y el abatimiento. Es el momento en que todo se ve oscuro y la

vida parece una pesada carga sin sentido. Los proyectos se ven irrealizables y las

opciones de vida que hemos tomado parecen absurdas e imposibles. Dan ganas de

retroceder y el miedo nos paraliza. Parece que la oscuridad no fuese a pasar nunca y que

los tiempos de luz no han sido más que un engaño.

Para aprovechar estos tiempos como ocasión de crecimiento, es recomendable:

• Perseverar en la oración y las obligaciones. A pesar de que no se sienta nada y

la aridez sea el sentimiento constante en la oración y los compromisos.

• Recordar que no son permanentes. Una de las tentaciones más fuertes en este

tiempo es la de creer que la tristeza no pasará nunca, lo que puede llevar a la

angustia y la desesperación.

• Alimentarse en el recuerdo de los tiempos de luz. El recuerdo de la consolación

recibida ayuda a fortalecer el corazón en medio de la oscuridad.

• Purificar la intención de los apegos sensitivos. Al perseverar en la oración y la

vida elegida, aún sin sentir consuelo por eso, se purifica la intención, ya que esta

se sostiene sólo en la certeza del amor de Dios y en las razones de fondo de los

compromisos, más allá de las satisfacciones que puedan ofrecer.

• No tomar decisiones importantes. Porque no se está en condiciones anímicas

para ver con claridad y pueden tomarse decisiones que terminen minando la

propia experiencia.

c. Los tiempos cotidianos.

La mayor parte de nuestra vida no estamos ni en tiempos de luz ni en oscuridad,

sino en un término medio marcado por la rutina y la estabilidad. Son los llamados

tiempos cotidianos, donde todo funciona como una especie de compás aparentemente

monótono y sin ningún brillo particular. Si se desconoce esta realidad, los tiempos

cotidianos pueden llevar fácilmente a la desolación o a arrepentirse de decisiones

tomadas en momentos de plenitud y luz. Son en estos tiempos, constantes y cotidianos,

donde se puede ver con claridad cuán verdaderas son las opciones que se han tomado y la

vida espiritual que se pretende llevar. El ejemplo de Jesús en esto es evidente. Cerca de

treinta años de su vida en la monotonía y cotidianeidad de Nazaret y sólo algunos años de

vida pública. Será la constancia y perseverancia que mostremos en este tiempo la que

realmente poseemos y somos capaces de vivir en este momento.

Para aprovechar estos tiempos como ocasión de crecimiento, es recomendable:

• Hacer revisiones de vida. Es decir, ejercitarse de manera periódica en el

discernimiento cotidiano, de tal manera de poder observar y reconocer los

impulsos del corazón en calma y la rutina. Así como en un agua calma es fácil ver

el fondo, en los tiempos cotidianos es más fácil reconocer los movimientos del

corazón, lo que nos ayudará mucho en los tiempos intensos de luz u oscuridad.

• Establecer rutinas en la vida espiritual. La permanencia y constancia del

tiempo pueden llevar a relajar la vida espiritual, lo que puede desencadenar la

desolación y la tristeza, Por ello es importante llevar cierta rutina, cierto hábito en

la vida espiritual, lo que nos permitirá tener un piso fuerte en los tiempos de luz u

oscuridad.

• Realizar los discernimientos más decisivos. Si bien las grandes decisiones de la

vida se toman generalmente en los tiempos fuertes, es preferible hacerlo en la

calma de los tiempos cotidianos, a fin de ver con mayor claridad el camino a

seguir y observar los movimientos del corazón con mayor profundidad.

• Fortalecerse para el combate espiritual. Los Padres llamaban combate

espiritual a la lucha contra las pasiones o movimientos provenientes del mal

espíritu o de la naturaleza desordenada. Los tiempos cotidianos son ideales para

generar los hábitos espirituales que pueden hacernos crecer y fortalecer el corazón

para superar las dificultades y acercarnos más a Dios en todo tiempo y lugar.

José Johnson Mardones

josejohnsonm@yahoo.es

http://www.josejohnsonm.blogspot.com

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